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Historia argentinacorpus de trabajo

Capítulo

Evolución cultural argentina

La cultura argentina no es un adorno de la historia política: es el terreno donde se disputa quién es argentino. Cada oleada demográfica obligó a redefinir la identidad nacional, y cada redefinición produjo su literatura, su música, su canon y sus exclusiones.


1. El problema fundacional: una cultura para un país que se está inventando

La operación de la Generación del 37 y del 80. Romero lo describe con precisión: Buenos Aires “se europeizó en sus gustos y en sus modas”; la elite “aprendió las reglas de la high life, la preferencia por los poetas franceses y la admiración por el impecable corte inglés de la solemne levita”; “trataron de que Buenos Aires se pareciera a París” [Romero, caps. IX-X].

El contracanto criollo. En 1872, frente a la inmigración masiva, José Hernández publica el Martín Fierro. Romero lo lee sin romanticismo: “recogió el resentimiento de los grupos nativos frente a la invasión extranjera” [cap. IX]. El gaucho, perseguido como vago en vida, se convierte en símbolo nacional justo cuando desaparece como sujeto social — esa canonización póstuma de lo que se destruyó es un mecanismo cultural argentino recurrente (pasará igual con el arrabal, con el tango y con el conventillo).

La consagración de 1913. Leopoldo Lugones dicta las conferencias que convierten al Martín Fierro en poema épico nacional; Ricardo Rojas publica La restauración nacionalista (1909) donde, según Romero, describía “no sin angustia, el cuadro de una sociedad que parecía hallarse en disolución” [cap. X]. El nacionalismo cultural argentino nace como reacción defensiva ante la inmigración.


2. La ciudad aluvial (1880-1930): la cultura de masas antes que casi nadie

2.1. Prensa

La prensa fue más decisiva que las elecciones en la formación de la opinión pública hasta comienzos del siglo XX [Gallo, cap. 2]. La Prensa (1869) y La Nación (1870) están entre los diarios más antiguos de América Latina todavía en circulación —La Nación de manera continua; La Prensa con interrupciones y cambios de propiedad, incluida la expropiación de 1951—. Hacia 1914 circulaban en Buenos Aires centenares de publicaciones periódicas, muchas en italiano, inglés, francés, alemán, ruso, griego, danés y dialectos árabes [Gallo].

Jauretche dedicó dos zonceras a esto (“Cuarto poder”, “Dice La Nación… dice La Prensa”) para sostener que la prensa comercial fija el sentido común [Jauretche, zonceras 37-38]. Conviene no confundir las dos afirmaciones: que la prensa fue decisiva en la formación de la opinión pública está documentado por Gallo; que operó como dispositivo de captura del sentido común es la tesis de Jauretche, y es un ensayo político, no un hallazgo historiográfico. El dossier sostiene la primera, no la segunda.

2.2. Sociabilidad

La conclusión que este dato permite es más fuerte que “la integración fue rápida”. 255.000 socios en una ciudad de 1,5 millones, con la mayoría en entidades transétnicas, describe una infraestructura asociativa autogestionada de escala masiva: salud, mutualismo, crédito, sepelio, biblioteca y recreación provistos por los propios inmigrantes, no por el Estado. Es decir: la integración argentina no fue sólo obra de la escuela pública y del Registro Civil. El dossier tiende a contar 1880-1914 como un proceso estatal sobre una población pasiva, y este dato lo desmiente. Es, además, el antecedente directo de los hospitales de colectividad que estructuran el sistema de salud hasta hoy (ver 09-salud.md §1.3). - Bibliotecas populares, ateneos anarquistas y socialistas, mutuales obreras: el anarquismo argentino organizó “una serie de actividades cooperativas, recreativas y culturales que les dio cierta popularidad en los barrios obreros de Buenos Aires y Rosario” [Gallo]. - La escala de la lectura. En 1887 Buenos Aires tenía un ejemplar de periódico por cada cuatro habitantes, en una ciudad donde sabían leer el 57% de las mujeres y el 64% de los varones de todas las edades [Sábato, 2016]. Es una densidad de circulación impresa alta para cualquier ciudad del mundo en esa fecha, y obliga a revisar la imagen de una población iletrada y ajena a la política antes de 1912. - Clubes de elite: Club del Progreso, Jockey Club (1882, fundado por Pellegrini). Su incendio por militantes peronistas en abril de 1953 fue un acto de significado cultural, no solo político.

2.3. Tango

Nace en los márgenes (prostíbulos, academias de baile, arrabal), es rechazado por la elite, triunfa en París hacia 1910-13 y vuelve legitimado. Gardel lo convierte en fenómeno de masas —Mi noche triste (1917) suele señalarse como el primer gran tango-canción que graba, aunque ya venía grabando antes con Razzano— y su muerte en 1935 lo sacraliza. Discépolo le da su dimensión filosófica: Cambalache (1934) es, probablemente, el texto más citado de la cultura argentina sobre la decadencia moral.

Lectura complementaria del corpus. Federico Andahazi, en Argentina con pecado concebida, reconstruye la historia sexual del período 1810-1930 —Belgrano, San Martín, Sarmiento y Eugenia Castro, los prostíbulos, el tango— y muestra cuánto de la moral pública argentina se construyó sobre un doble estándar. Es divulgación literaria, no historiografía académica: sirve para abrir preguntas sobre historia de la sexualidad y de la vida privada, no para fundar afirmaciones.

2.4. Florida vs. Boedo (años 20)

La primera gran grieta estética argentina: - Florida (revista Martín Fierro): vanguardia, ultraísmo, forma. Borges (Fervor de Buenos Aires, 1923), Güiraldes (Don Segundo Sombra, 1926), Oliverio Girondo, Norah Lange. Pettoruti sorprende con su exposición cubista. - Boedo: arte social, realismo, denuncia. Leónidas Barletta, Roberto Arlt (El juguete rabioso, 1926; Los siete locos, 1929).

[Romero, cap. XI, describe ambos bandos.] La disputa era menos rígida de lo que el mito sugiere —Arlt escribía en Crítica, Borges publicó en ambos lados— pero fijó un eje que atraviesa todo el siglo: forma vs. compromiso.

2.5. Ciencia

Romero señala con orgullo la densidad institucional lograda: “filósofos profundos como José Ingenieros, Alejandro Korn y Francisco Romero; investigadores científicos como Florentino Ameghino, Miguel Lillo y Bernardo Houssay” [cap. X]. Houssay obtendrá el Nobel de Medicina en 1947 — el primero de América Latina en ciencias.


3. 1930-1955: industria cultural, peronismo y la grieta estética

3.1. La edad de oro de la industria cultural

Esto no es contexto del peronismo: es su precondición. Karush sostiene que la competencia contra el jazz y Hollywood empujó a los productores locales a vender cultura “auténtica” apoyada en el melodrama popular, y que el resultado fue un repertorio que celebraba la virtud de los pobres y denigraba a los ricos como codiciosos, apelando a la vez al orgullo y a la envidia de clase. De ahí salió “buena parte de la materia prima discursiva con la que Juan y Eva Perón construyeron su movimiento de masas” [Karush, Culture of Class, 2012]. Dicho de otro modo: el lenguaje del 17 de octubre se venía escribiendo en los radioteatros y los tangos desde hacía veinte años.

3.2. Sur y el campo intelectual

Victoria Ocampo funda Sur en 1931. Es la plataforma cosmopolita: Borges, Bioy, Silvina Ocampo, Sabato, traducciones de Woolf, Camus, Eliot. También es objeto de la crítica nacional-popular por elitista y “extranjerizante”. Ambas cosas son ciertas: Sur fue una de las revistas literarias más importantes del siglo XX en cualquier idioma y un club de una elite ilustrada.

3.3. El peronismo y la cultura: un balance con las dos caras

La cara oscura, documentada sin ambigüedad: - Intervención de todas las universidades y expulsión de profesores opositores (1946) [Romero, cap. XIII]. - Control de casi todos los diarios; expropiación de La Prensa (1951) y entrega a la CGT: “un virtual monopolio estatal de los medios de comunicación” [Torre y de Riz, cap. 2]. - La razón de mi vida como lectura obligatoria en las escuelas; enseñanza religiosa obligatoria; doctorado honoris causa forzado a Eva Perón; obligación de comentar la obra de gobierno en la enseñanza primaria y secundaria [Romero, cap. XIII]. - Persecución a intelectuales opositores; Borges, célebremente, removido de su cargo de bibliotecario y designado “inspector de aves y conejos”.

La cara luminosa, igualmente documentada: - Escuelas-fábrica y Universidad Obrera Nacional (1948, hoy UTN): Romero, un crítico feroz del régimen, concede que fueron “dos iniciativas felices” [cap. XIII]. - Gratuidad universitaria (1949): amplía el acceso de hijos de trabajadores. - Masificación del turismo social, del deporte amateur, del acceso al libro barato. - Incorporación de lo popular y lo provinciano al espacio público nacional — lo que Romero llama con desdén “un grotesco folklorismo” y que, visto desde hoy, fue también una democratización cultural real.

El problema historiográfico. Romero escribe como intelectual antiperonista y rector interventor en 1955; su testimonio es de primera mano y su juicio es de parte. Hay que leerlo y contrastarlo. La cultura argentina posterior a 1955 no puede entenderse sin comprender que una porción enorme de la población vivió el peronismo como su primer acceso a la ciudadanía cultural.


4. 1955-1976: la modernización cultural y la politización

4.1. El auge (1955-1966)

Período de una intensidad cultural excepcional: - Universidad reformista: la UBA de Risieri Frondizi y Rolando García; EUDEBA (Boris Spivacow) con tiradas masivas y precios populares; el Instituto de Cálculo y “Clementina”, la primera computadora científica del país (1961). - Instituto Di Tella (1958-1970): vanguardia plástica y experimental de proyección internacional (Marta Minujín, Jorge de la Vega, Antonio Berni y su Juanito Laguna). - Boom latinoamericano: Cortázar (Rayuela, 1963), Sabato, Bioy, Borges consagrado internacionalmente (Premio Formentor, 1961). - Nuevo cine argentino: Torre Nilsson, Birri y la escuela documental de Santa Fe. - Nuevo cancionero (1963, Mendoza): manifiesto de Armando Tejada Gómez y Mercedes Sosa; el folklore se vuelve proyecto estético y político. Atahualpa Yupanqui, Violeta Parra en el circuito regional. - Historieta adulta: Oesterheld y Solano López, El Eternauta (1957-59). Su argumento —una invasión y una resistencia colectiva, “el héroe colectivo”— se vuelve profético cuando Oesterheld y sus cuatro hijas son desaparecidos por la dictadura.

4.2. El corte (1966)

La “Noche de los Bastones Largos” (29 de julio de 1966): la policía de Onganía desaloja a bastonazos las facultades de la UBA. Romero lo llama “el episodio más criticado de su gobierno”: “más que contener los desbordes estudiantiles, se buscaba destruir la fecunda y creativa experiencia universitaria iniciada en 1955” [cap. XIV]. Consecuencia: éxodo de cientos de científicos — la primera gran fuga de cerebros argentina.

4.3. La politización total (1969-1976)


5. 1976-1983: el “apagón cultural” y sus grietas

La represión cultural. Listas negras de músicos, actores y escritores; quema de libros (el caso más conocido, el del Centro Editor de América Latina en Sarandí, 1980); exilio masivo de intelectuales y artistas; desaparición de escritores y periodistas (Rodolfo Walsh, asesinado el 25 de marzo de 1977, un día después de difundir su Carta abierta de un escritor a la Junta Militar; Haroldo Conti; Francisco Urondo; Héctor Oesterheld).

Lo que igual creció, por los intersticios: - Teatro Abierto (1981): 21 obras de 21 autores en respuesta a la censura; el incendio del Teatro del Picadero lo convirtió en símbolo. - Rock como refugio generacional: Charly García, Spinetta, Serú Girán (Canción de Alicia en el país, 1980, una alegoría antidictatorial que pasó la censura). La guerra de Malvinas, al prohibir la música en inglés, produjo el efecto no deseado de masificar el rock argentino. - Revistas como Humor y El Porteño que empujaron los límites de lo decible.

El otro uso de la cultura: el Mundial 78. El torneo se usó como operación de legitimación internacional mientras funcionaba la ESMA a pocas cuadras del Monumental. Es el caso argentino más claro de deporte como política de Estado.


6. 1983-2001: democracia, memoria y mercado


7. 2001-2026: memoria, derechos y nuevas grietas


8. Seis claves para leer la cultura argentina

  1. Todo canon argentino es un acta de una disputa política. El Martín Fierro, Rosas, Sarmiento, el tango, el peronismo, los 70: no hay consenso cultural sin conflicto previo.
  2. Argentina produce cultura de exportación en sus peores momentos económicos. El boom editorial de los 40 con la guerra; el Di Tella con la inestabilidad; el Nuevo Cine Argentino nacido del derrumbe de 2001.
  3. El Estado fue siempre el actor cultural principal, para bien (Ley 1420, EUDEBA, gratuidad universitaria, INCAA, CONICET) y para mal (censura, listas negras, intervenciones universitarias en 1930, 1946, 1955, 1966 y 1976).
  4. La cultura popular incorpora lo que la cultura letrada expulsa, con unas décadas de retraso: el gaucho, el tango, el rock, la cumbia, el trap.
  5. La exportación cultural argentina es desproporcionada a su tamaño: Borges y Cortázar, el psicoanálisis (Buenos Aires tiene una de las mayores densidades de psicoanalistas del mundo), el fútbol, el tango, el pañuelo verde.
  6. La memoria es el género cultural argentino por excelencia desde 1984. Nunca Más, La historia oficial, Los rubios, Argentina 1985, la literatura de hijos (Félix Bruzzone, Mariana Eva Pérez). Es un corpus extenso y de alta circulación internacional, pero no es un caso único en la región: Chile, Uruguay, Brasil, Perú, Guatemala y Colombia produjeron cuerpos comparables sobre sus propias violencias estatales y conflictos armados. Lo que sí parece distintivo —y merecería un estudio comparado que este dossier no hizo— es la temprana articulación entre producción cultural, proceso judicial y política de Estado.