Capítulo
Evolución ideológica argentina
Objetivo: reconstruir qué ideas organizaron el poder y la oposición en cada época, de dónde vinieron, qué intereses materiales expresaban y cómo mutaron. No es una galería de doctrinas: es un mapa de por qué ciertos argumentos funcionaron en ciertos momentos.
0. Advertencia previa: el préstamo y la deformación
Argentina importó casi todas sus matrices ideológicas —liberalismo inglés y francés, positivismo, catolicismo social, anarquismo y socialismo italiano y español, maurrasianismo francés, fascismo italiano, peronismo como síntesis local, desarrollismo cepalino, marxismo tercermundista, monetarismo de Chicago, libertarismo austríaco— y en todos los casos las deformó productivamente. Ese es el fenómeno interesante, no la “copia”.
Ezequiel Gallo lo muestra con precisión para el 900: los anarquistas argentinos fueron “mucho más moderados que sus correligionarios europeos” y practicaron un anarcosindicalismo avant la lettre; los socialistas reemplazaron “una serie de premisas marxistas por ideas que provenían de la tradición liberal y positivista”, al punto de que Enrico Ferri los llamó “Partido Socialista de la luna”; eran librecambistas y ortodoxos en materia cambiaria, “mucho más enfáticos que los políticos oficialistas” [Gallo, cap. 2].
1. 1810-1852 — Ilustración, unitarios y federales
Lo establecido. La Revolución de Mayo se hace con el vocabulario de la Ilustración y del pactismo hispánico: soberanía popular por retroversión, libre comercio (Moreno, Representación de los hacendados), división de poderes. Pero la ideología no alcanza para construir un Estado: entre 1820 y 1852 el poder real es provincial.
El eje del conflicto. No es “unitarios vs. federales” como doctrinas puras; es quién controla la aduana de Buenos Aires y la navegación de los ríos. Romero es explícito: la división del país en tres áreas —Buenos Aires, litoral, interior— “correspondía al juego de los grupos políticos desde la independencia” [Romero, cap. IX].
Rosas. Federalismo autoritario, católico y hispanista, con una base social real (peones, hacendados, sectores populares urbanos) y un aparato de coerción (Mazorca). Es el gran objeto de disputa historiográfica argentina: tirano sanguinario para la tradición liberal, defensor de la soberanía para el revisionismo.
La Generación del 37. En el exilio, Echeverría, Alberdi y Sarmiento formulan el programa que se ejecutará en 1853-1880: constitución liberal, inmigración europea, educación pública, ferrocarril, capital extranjero. Alberdi lo escribe en Bases y en el Sistema económico y rentístico; Sarmiento, en Facundo. Romero señala que “cuando llegaron al poder… pusieron esa teoría en acción para sustituir la tradicional estructura económico-social del país” [Romero, cap. IX].
La zoncera madre
Qué es lo que sigue. Una tesis de Jauretche, no un hallazgo del dossier. Jauretche es un ensayista político brillante sin aparato crítico; su valor está en el análisis del discurso, no en la reconstrucción histórica.
Para él, “civilización y barbarie” —la fórmula de Sarmiento— es la matriz que genera todas las demás zonceras: “Todo hecho propio, por serlo, era bárbaro, y todo hecho ajeno, importado, por serlo, era civilizado. Civilizar, pues, consistió en desnacionalizar” [Jauretche, Manual de zonceras argentinas, Zoncera N° 1]. Es una lectura potente y no verificada en este dossier: que la fórmula existió y circuló está documentado; que funcionó como matriz generadora de todo el sentido común argentino es su interpretación.
Uso crítico. Jauretche es un ensayista político brillante, no un historiador con aparato crítico. Su catálogo de 44 zonceras (“gobernar es poblar”, “la victoria no da derechos”, “la libre navegación de los ríos”, “el granero del mundo”, “comprar a quien nos compra”, “civilización occidental y cristiana”) es una herramienta de análisis del discurso de primer orden y una fuente para estudiar el pensamiento nacional-popular de los años 60. No es evidencia sobre lo que efectivamente ocurrió.
2. 1880-1916 — El liberalismo argentino y sus dos almas
Gallo distingue dos vertientes dentro del credo dominante [Gallo, cap. 2]:
(a) Liberalismo escéptico y ordenancista. Optimista por el progreso material, pero con “cierto escepticismo que provocaba el recuerdo de un pasado cercano plagado de inestabilidad”, y con una sospecha racialista: “la combinación entre el amplio espacio geográfico y la raza latina no era la mejor para asentar una estabilidad de bases sólidas”. Roca y Pellegrini lo expresan con crudeza: hay que defender “el principio de autoridad y la unión nacional contra las fuerzas latentes… de la rebelión, de la anarquía, de la disolución”.
(b) Liberalismo positivista y universalista. Influido por Darwin, Spencer y Lombroso; se expresa en las publicaciones oficiales “plagadas de altivas estadísticas”.
El dato contraintuitivo. El factor religioso no dividió la política argentina de modo duradero, a diferencia de otros países latinos: durante el debate de las leyes laicas (1884) “los opositores católicos hicieron gala del mismo liberalismo político y económico” que sus adversarios [Gallo, cap. 2]. La grieta ideológica seria no fue clerical-laica sino, más tarde, liberal-nacionalista.
La oposición no era ideológicamente distinta. Gallo insiste: radicales y cívicos “no propusieron programas muy distintos a los del oficialismo… con la excepción de los socialistas en materia laboral, las reformas propuestas durante el periodo provinieron de las filas oficialistas”. La UCR planteó el conflicto en el plano moral y político-constitucional, no programático. Federico Pinedo lo confirmaba: “hombres de los distintos partidos tenían el mismo concepto de la vida colectiva y parecidas concepciones en cuanto a la organización económica, pero había… cierta base social —de categoría si no de clase— en el antagonismo político”.
Actualización historiográfica (posterior al corpus). Hilda Sábato reconstruye para Buenos Aires de 1860-1880 una densa vida asociativa —sociedades de ayuda mutua, clubes, círculos literarios y científicos, logias masónicas, comités de solidaridad— que “ejercieron un liderazgo en la movilización del público urbano” y organizaron “la mayoría de las reuniones y manifestaciones civiles”. Esas instituciones fueron “fundamentales para la creación de un espacio de mediación frente al Estado, para la formación de una esfera pública” [Sábato, 2016]. Eso obliga a matizar la imagen de una sociedad despolitizada bajo el régimen del PAN: hubo ciudadanía activa fuera del voto, y la baja concurrencia electoral no mide lo que el dossier suponía que medía.
Punto debatido. ¿Fue el “régimen” una oligarquía cerrada? Gallo dice que la caracterización es “hasta cierto punto correcta” en su exclusivismo político, pero “corre el riesgo de resultar un tanto estereotipada”: el grupo del 80 fue él mismo producto de un recambio de elites (Carlos Melo: “paisanos rudos y de modesto origen… soldados no menos oscuros recompensados por sus servicios militares”). Romero, en cambio, lee una oligarquía que “estrechaba sus filas” a medida que el país se hibridaba [Romero, cap. X].
3. 1890-1930 — Las ideologías de la ciudad aluvial
| Corriente | Base social | Idea central | Destino |
|---|---|---|---|
| Radicalismo | Clases medias urbanas y rurales, hijos de inmigrantes | “La Causa” contra “el Régimen”: regeneración moral, sufragio limpio, abstención revolucionaria | Gobierno 1916-1930; sin programa económico propio |
| Anarquismo | Obreros inmigrantes de puertos y oficios | Acción directa, huelga general, rechazo del Estado y de la vía electoral | Hegemónico en la FORA hasta ~1910-15; liquidado por la represión (leyes de 1902 y 1910) y por la ley Sáenz Peña |
| Socialismo | Obreros calificados y clase media ilustrada de la Capital | Reforma gradual, cooperativismo, defensa del consumidor, librecambio | Nunca controló los sindicatos; fuerte en la Capital, casi nulo en el interior |
| Sindicalismo revolucionario | Marítimos, ferroviarios | Sindicato como sujeto; negociación salarial sin partido | Controla la FORA desde 1915; Yrigoyen lo corteja |
| Catolicismo social | Elites católicas, círculos de obreros | Rerum Novarum; armonía de clases | Semilla del nacionalismo de los 30 y del peronismo |
La Reforma Universitaria de 1918 merece su propio lugar: no fue solo académica. Romero la describe como una “vaga revolución de contenido más profundo” que afirmó que la universidad “tenía, además de su misión académica, una misión social” [Romero, cap. XI]. David Rock agrega una lectura más fría: los nuevos estatutos “supuestamente garantizaban su autonomía, pero, en realidad, las colocaban más directamente bajo el control del gobierno central”, y el apoyo de Yrigoyen fue también un modo de “atacar una de las manifestaciones de los privilegios de clase… sin verse burlado por la oposición conservadora” [Rock, cap. 4]. Las dos lecturas conviven.
4. 1930-1945 — El gran giro: la decadencia del liberalismo y el ascenso del nacionalismo
David Rock es taxativo: “En el año 1930 también se registró una aceleración de un profundo cambio ideológico —la decadencia del liberalismo y la ascensión del nacionalismo— que más adelante daría color en la textura de la política argentina” [Rock, El Cono Sur desde 1930, cap. 1].
4.1. Dos nacionalismos que después Perón funde
(a) Nacionalismo popular / FORJA (1935). Radicales jóvenes —Jauretche, Scalabrini Ortiz, Dellepiane. Dos principios: democracia popular (“la historia de Argentina demuestra la existencia de una lucha permanente del pueblo por la soberanía popular”) y antiimperialismo (“Somos una colonia; queremos una Argentina libre”). El libro clave: Ferrocarriles argentinos de Scalabrini Ortiz (1940).
Límite señalado por Rock. FORJA “tendía a pasar por alto los asuntos más de fondo y en última instancia más difíciles como la industria y la reforma social”, y su papel principal era “promover los intereses de la clase media ‘estatista’”. Es una crítica dura y vale discutirla, pero está bien fundada.
(b) Nacionalismo de derecha. Nace del uriburismo y de los hermanos Irazusta (La Argentina y el imperio británico, 1934). Ingredientes: antiliberalismo, anticomunismo, corporativismo, clericalismo, hispanismo, ruralismo místico, revisionismo histórico (rehabilitación de Rosas) y antisemitismo explícito. Rock documenta la retórica: el “nihilista judío… el judío sin Dios y sin nación que se está infiltrando en las mentes de nuestros jóvenes proletarios”.
4.2. El elemento que lo explica todo: la “justicia social” católica
La peculiaridad decisiva del nacionalismo argentino —y la clave del peronismo— es que yuxtapuso reacción política y reforma social. Las encíclicas Rerum Novarum (1891) y Quadragesimo Anno (1931) atacaban a la vez al liberalismo y al socialismo, y planteaban la “justicia social” como camino hacia una sociedad orgánica. Los nacionalistas argentinos fueron de los primeros en proponer la industrialización, la siderurgia nacional (1931) y la nacionalización de los servicios públicos extranjeros [Rock, cap. 1].
Esta es la matriz ideológica directa del peronismo. No el fascismo italiano sin más: el catolicismo social antiliberal, más el ejemplo del varguismo brasileño, más la experiencia de Perón en la Italia de Mussolini y la España de Franco.
Pero esta genealogía explica el programa de las élites, no la identidad de masas — y ese es su límite. Matthew Karush sostiene que el material discursivo del peronismo ya estaba fabricado, antes de 1945, por las industrias culturales. Compitiendo contra el jazz y Hollywood, los productores argentinos de radio, cine y disco se diferenciaron vendiendo cultura “auténtica” y tomaron prestado del melodrama popular. El resultado fue una cultura de masas que “difundió versiones de la identidad nacional que celebraban la virtud y la dignidad de los pobres, denigrando a los ricos como codiciosos y mezquinos”, y que apelaba simultáneamente al orgullo y a la envidia de clase: invitaba a “mirar por encima del hombro a los ricos mientras se fantaseaba con ser rico”. Karush concluye que esas industrias generaron “buena parte de la materia prima discursiva con la que Juan y Eva Perón construyeron su movimiento de masas” [Karush, Culture of Class, 2012].
Por qué importa para este dossier:
05-cultura.md§3.1 describe la radio, el cine y la industria editorial de los años 30 y 40 y no los usa para explicar 1945. Karush cierra ese hueco. La consecuencia es que el peronismo no “inventó” un lenguaje sobre los humildes y los ricos: lo encontró ya circulando y lo capitalizó.Complemento (Elena): Eduardo Elena agrega el otro extremo de la cadena. El peronismo redefinió la ciudadanía alrededor de la promesa de una “vida digna”, que no era sólo satisfacer necesidades básicas sino integrar a los trabajadores a una sociedad de consumo moderna. Y muestra, a partir de la correspondencia entre simpatizantes y autoridades, que eso fue objeto de disputa y fricción, no una imposición desde arriba [Elena, Dignifying Argentina, 2011].
4.3. Un problema incómodo y bien documentado
El antiimperialismo argentino creció “sobre una red de teorías relativas a conspiraciones del tipo que era fundamental para las tácticas y técnicas políticas de la ultraderecha”. Rock compara un texto de Scalabrini Ortiz sobre los ingleses con un folleto antisemita nacionalista y encuentra el mismo vocabulario: “un enemigo que ha alcanzado la dominación mundial por medio de la astucia… por medio de sus actos de mala fe, por medio de sus constantes mentiras” [Rock, cap. 1]. Es un señalamiento fuerte de un historiador serio y conviene no esquivarlo.
5. 1943-1955 — El peronismo como ideología
Perón, en su primera entrevista pública (noviembre de 1943), usa el léxico exacto del nacionalismo católico: “Nuestra revolución es esencialmente espiritualista… Yo mismo soy sindicalista y como tal soy anticomunista… No crea usted que somos anticapitalistas” [citado en Rock, cap. 1].
Los tres componentes doctrinarios (“las tres banderas”): 1. Justicia social — derechos laborales, previsión, vacaciones, aguinaldo, indemnización. 2. Independencia económica — nacionalizaciones, IAPI, industria para el mercado interno. 3. Soberanía política — “Tercera Posición” entre los dos bloques.
Y los tres rasgos de forma: - Personalismo: el Artículo 31 del estatuto partidario autorizaba a Perón “a modificar todas las decisiones que tomara el partido además de revisar todas las candidaturas” [Torre y de Riz, cap. 2]. - Corporativismo: la “comunidad organizada”; CGT + CGE + confederaciones de profesionales, universitarios y estudiantes secundarios. - Doctrina de Estado: en 1952 el Congreso eleva el justicialismo a “doctrina nacional”, “eliminando todo rastro de pluralismo en la vida política” [ídem].
El juicio contemporáneo hostil. Romero —socialista, rector interventor de la UBA en 1955— escribe que del peronismo “de la proclamada independencia económica no subsistía sino el recuerdo de los leoninos contratos petroleros” [Romero, cap. XIII]. Es un testimonio valiosísimo y una posición de parte. Debe leerse junto a Torre y de Riz, que documentan la magnitud real de la redistribución.
El dato que ninguna de las dos tradiciones puede ignorar: el peronismo es la primera fuerza política argentina que no perdió una elección libre entre 1946 y 1983, y perdió recién con Alfonsín.
6. 1955-1976 — Fragmentación y radicalización
| Corriente | Años fuertes | Idea | Legado |
|---|---|---|---|
| Desarrollismo (Frondizi, Frigerio, Prebisch/CEPAL) | 1958-1962 | El subdesarrollo es un problema de estructura productiva: hay que crear industria pesada, petróleo, siderurgia y energía, con capital extranjero si hace falta | Petroquímica, siderurgia, automotriz; acusación de “entrega” desde ambos flancos |
| Liberalismo económico ortodoxo (Alsogaray, Pinedo, Krieger Vasena) | 1959-61, 1962-63, 1967-69 | Estabilización, eficientismo, apertura | El “eficientismo” de Krieger Vasena logra estabilidad pero genera el Cordobazo |
| Nacionalismo militar | 1966-1970 | Onganía: Estado corporativo, paternalismo tecnocrático, orden y “seguridad nacional” | Bastones Largos, éxodo científico, Cordobazo |
| Izquierda nacional / peronismo revolucionario | 1966-1975 | Síntesis de marxismo, cristianismo tercermundista y nacionalismo popular; “liberación o dependencia” | Montoneros, JP, Sacerdotes para el Tercer Mundo |
| Marxismo guerrillero no peronista | 1970-1977 | ERP-PRT: foco rural, “zona liberada” en Tucumán | Liquidado militarmente |
| Doctrina de Seguridad Nacional | 1966-1983 | El enemigo es interno e ideológico | “Un terrorista no es sólo el portador de una bomba… sino también el que difunde ideas contrarias a la civilización occidental y cristiana” (Videla) [Torre y de Riz, cap. 2] |
El diagnóstico de Romero sobre el clima de los 70 es de los más lúcidos: hubo una “primavera de los pueblos, llena de esperanzas vagas e indefinidas”, y los partidos, “débiles y hasta raquíticos debido a la larga falta de funcionamiento pleno de las instituciones representativas”, fueron incapaces de canalizarla. Lo lograron en cambio organizaciones armadas [Romero, cap. XV].
La cultura de la violencia como fenómeno transversal. Torre y de Riz son explícitos y su formulación es importante porque no exculpa a nadie: “La represión del régimen militar se instaló en un país donde el culto de la violencia se había desarrollado hasta límites desconocidos… Primero fue la rebelión de los jóvenes, que en nombre de la revolución postularon la necesidad de recurrir a la violencia. Luego, las bandas terroristas de la derecha que crecieron al amparo del gobierno de Isabel Perón”. Y añaden el punto decisivo: “Todos los frenos morales estaban rotos” antes del 24 de marzo [Torre y de Riz, cap. 2].
Precisión necesaria, y no es un matiz. Señalar esa cadena describe un clima de época; no establece una equivalencia entre el Estado y las organizaciones armadas, y usarla para eso es exactamente la “teoría de los dos demonios”. Cuatro diferencias que no son de grado:
- Fue el Estado. Secuestró, torturó, desapareció y robó bebés usando el monopolio legal de la fuerza para actuar clandestinamente y negarlo.
- Fue planificado y sistemático, no reactivo: centros clandestinos, división del país en zonas, cadena de mando, destino final decidido por una autoridad superior [Torre y de Riz, cap. 2].
- Empezó antes del golpe y siguió después de la derrota militar de la guerrilla. La Triple A operaba desde 1973; el ERP fue liquidado rápidamente y Montoneros estaba desarticulado hacia 1977-78, pero la represión continuó. No fue una respuesta proporcional ni necesaria.
- Su escala fue incomparablemente mayor, y alcanzó a delegados de fábrica, estudiantes, abogados, sacerdotes, psicólogos y familiares sin relación alguna con la lucha armada.
La asimetría es además jurídica: crímenes de lesa humanidad, imprescriptibles, no amnistiables.
7. 1976-2001 — Del liberalismo autoritario al Consenso de Washington
Torre y de Riz describen el giro con precisión: tradicionalmente los militares argentinos habían desconfiado del liberalismo económico, pero en 1976 los liberales “lograron mostrar que la política y las prácticas que criticaban eran las que habían creado las condiciones propicias a la subversión social. Preservar la seguridad nacional significaba no sólo destruir el movimiento guerrillero, sino también erradicar un modelo de desarrollo que era su caldo de cultivo” [cap. 2].
Esa es la bisagra ideológica del siglo XX argentino: la represión y la reestructuración económica se justifican mutuamente.
El alfonsinismo (1983-89) intenta una ideología distinta: la democracia como valor sustantivo, no instrumental. “Con la democracia se come, se cura y se educa” fue una promesa que la hiperinflación desmintió, pero el aporte perdurable fue otro: instalar el pluralismo y los derechos humanos como valores políticos centrales. Romero (hijo) lo describe como un intento de “fortalecer su más sólido respaldo: la civilidad”, frustrado por corporaciones que no pudo doblegar [Romero, cap. XV].
El menemismo (1989-99) es el caso más extremo de mutación ideológica de la historia argentina: un partido nacido del nacionalismo estatista “desechó totalmente lo que habían sido sus propuestas electorales… y adoptó sin reticencias el programa económico y político de la derecha liberal” [Romero, cap. XV]. Cómo un movimiento puede invertir su doctrina sin perder a su base es una de las preguntas abiertas más interesantes de la ciencia política argentina.
8. 2001-2026 — Cuatro respuestas a la crisis de representación
El “que se vayan todos” de 2001 abrió un problema que sigue sin resolverse: la desconfianza estructural en la representación política. Desde entonces compiten cuatro respuestas:
- Neopopulismo redistributivo (kirchnerismo, 2003-2015). Estado presente, derechos humanos como política de Estado, ampliación de derechos civiles (matrimonio igualitario, identidad de género), transferencias (AUH), “modelo de crecimiento con inclusión social”. Crítica: inflación reprimida, estadísticas intervenidas (INDEC 2007-2015), hiperpresidencialismo, corrupción.
- Republicanismo liberal de centro-derecha (Cambiemos, 2015-2019). Institucionalidad, gradualismo, inserción internacional. Crítica: subestimación de la restricción externa y endeudamiento acelerado.
- Peronismo de coalición (Frente de Todos, 2019-2023). Fracasa por la pandemia, la interna y la inflación.
- Libertarismo (2023-). Escuela austríaca (Mises, Hayek, Rothbard) divulgada masivamente; antiestatismo radical, ajuste fiscal como valor moral, anticolectivismo cultural. Es la primera vez que una ideología explícitamente antiestatista gana una elección presidencial argentina.
Estado de situación (septiembre de 2026) — dato periodístico sin verificar contra fuentes oficiales. El experimento libertario mantiene la desinflación como principal activo, pero enfrenta desgaste: aprobación presidencial estancada en ~42% con 52% de imagen negativa, primera contracción trimestral del PIB en dos años (-0,6%) y recorte de la previsión oficial de crecimiento del 5% al 3%. La pregunta abierta es si la estabilidad de precios alcanza para sostener el consenso cuando el empleo no acompaña — exactamente la misma pregunta que enfrentaron el Austral en 1986 y la Convertibilidad en 1998.
9. Cuatro constantes ideológicas de larga duración
- El excepcionalismo. “Los argentinos descendemos de los barcos”, “el granero del mundo”, “Argentina potencia”, “el país más europeo de América Latina”. Romero cierra su libro con la contracara amarga: “La nueva Argentina, en suma, se parece cada vez más a la Latinoamérica tradicional” [cap. XV]. El excepcionalismo es a la vez motor y trampa.
- La denuncia de la traición. Todas las tradiciones tienen su relato de traición: la “entrega” al imperialismo, el “golpismo” de la oligarquía, la “demagogia” de las masas, la “casta”. El vocabulario cambia; la estructura narrativa no.
- El Estado como campo de batalla, no como institución. Se lo quiere capturar o destruir, rara vez construir. Lo describe Rock para el yrigoyenismo (la administración convertida en “agencias de colocación”), Romero para el peronismo y el menemismo, y sigue vigente.
- La ausencia de una tradición conservadora democrática sólida. Gallo lo señala para 1912-1916: Sáenz Peña esperaba que la reforma “azuzara a las facciones oligárquicas para que creasen un partido conservador fuerte y unido”; no ocurrió. La derecha argentina ha sido históricamente golpista o testimonial, no competitiva. Que cambie eso (Cambiemos, LLA) es una novedad histórica real.